Empieza un nuevo día.
Suena el despertador. Me
concentro en el sonido que me pone alerta. Ya? Lo detengo. Me levanto,
descalzo, para dirigirme al baño. Allí me siento en el inodoro. Es más cómodo,
sobre todo a primera hora de la mañana. Allí sobrepaso el tiempo estrictamente
necesario, para continuar despertándome. Pero al final, me levanto, paso ante
el espejo, hago una mueca y tras buscar las zapatillas, me voy a la cocina.
Saco el tetrabrik de leche de la nevera, lleno una taza y la caliento en el
microondas. Miro el reloj como agota el tiempo mientras esto sucede y tras
añadir una cucharada de cacao, me la tomo tranquilamente. Mientras, la ducha espera… Hasta ahora
no ha ocurrido nada especial…
Empieza un nuevo día.
El canon de Pachelbel va ocupando
progresivamente el silencio que me mantenía dormido. Identifico que es el
despertador. Siento que las horas de sueño se me han hecho muy cortas, pero
como esta música nunca me ha hecho sentir indiferente y hoy no es una
excepción, enseguida me evado y me dejo llevar por la melodía. Siento como mi
cuerpo sin moverme aún y de manera radial, con centro en el centro del pecho,
se va haciendo presente, el abdomen primero, luego las piernas y los brazos y
por fin la cabeza. Ahí me hago consciente de que me apetece estirarme y lo
hago, sintiendo que me hago unos centímetros más largo al crujir alguna
articulación. En el gesto de estirar los brazos, aprovecho y paro la música.
Me levanto, entreabro los ojos y
enseguida los vuelvo a cerrar, pues la luz se clava entre la sienes. Duele. Ahora
recuerdo que no bajé la persiana anoche pues cuando me acordé estaba ya
acurrucado sobre el colchón. Como no me apetece abrir los ojos, ignoro la
ubicación de las zapatillas y coloco los pies sobre el frío parquet. Camino
sobre él, a ciegas hasta llegar al lavabo.
Allí siento que el parquet estaba
caliente, pues el mármol del baño está realmente frío. Esto me produce dos
cosas. Una, que tenga el primer sobresalto del día y con él abra los ojos. Dos,
que perfeccione la técnica de levitar sobre el suelo. Las dos me obligan a
despertarme un poco más. Me siento sobre la tapa del inodoro y en esa posición disfruto
de la primera necesidad fisiológica del día, acompañado del fresco bajo la
planta de los pies. Luego, permanezco sentado aún un momento, mirada perdida y saliendo
lentamente del sopor en que todavía me hallo. Me levanto, ya más despierto, y me pongo frente al espejo.
Éste me cuenta que la noche no ha sido demasiado benévola conmigo. Aún así le
saco la lengua a mi imagen, puesto que estoy convencido que con un arduo
tratamiento de belleza durante los próximos minutos, la cosa sólo puede mejorar
y el que salga de casa para hacer esa entrevista de trabajo estará radiante. No
me entretengo mucho más en esto: el suelo sigue estando frío y la técnica levitatoria todavía no da los resultados que desearía.
Con la ayuda de la luz del
maravilloso día de otoño y con el sentido de la vista a pleno funcionamiento,
encuentro fácilmente las zapatillas y mis pies se relajan con el tacto de esa
superficie blanda, cómoda, tan conocida. Paseo, atravesando el piso, hasta
llegar a la cocina. Al llegar, algo que no veo me hace recordar que tengo que
tirar la basura. Abro la nevera y siento alegría al verla llena de
posibilidades alimentarias. El frío que deja escapar me hace reaccionar,
dejando de contemplarla y cogiendo el tetrabrik de leche. Está frío. Elijo una
taza con motivos alegres y la lleno hasta arriba. Ya no queda más. Una
posibilidad menos. Ves? La meto en el micro con el estruendoso ruido que hace
la puerta al abrirla y al volverla a cerrar. Programo el reloj a un minuto y
quince segundos. Ya lo tengo estudiado. La taza queda a una temperatura ideal
para cogerla sin quemarse y el líquido queda estupendo para disfrutarlo, sin
prisa. Sin contarlo, pero mirando el tiempo del micro como se reduce hasta
cero, me hago consciente de que a pesar de que hago esto casi cada día, hoy es
diferente. Hoy ya no es ayer. Hoy es único. El pitido microondístico me hace
volver a la realidad y mientras cojo la taza tibia, tal y como había previsto,
y añado una cucharada de cacao (del que, por cierto, me encanta el olor suave a
chocolate que da al abrir el pote), decido escribir esto para contar que en los
siete minutos que llevo levantado, he vivido montones de sensaciones y
experiencias físicas, morales, emocionales e incluso intelectuales. Mientras
agarro con fuerza la taza para calentarme ambas manos y disfruto de la leche
con chocolate me emociono al ser consciente de que no pararme a vivir estos
siete minutos me hace empezar a vivir cada día mucho más tarde de lo que me
levanto. Y mientras apuro los restos de crema de chocolate que queda en el
fondo mal movido de la taza pienso en todos los siete minutos que no vivo a lo
largo de un día, estando sólo o lo que me hace sentir peor, estando con alguien.
De repente, tengo unas ganas tremendas de disfrutar de la ducha que me espera,
como nunca antes la he sentido. Y es que hoy todo es especial. Hoy me he
empezado a vivir de verdad al menos siete minutos antes.